Hoy, por una razón muy especial, no vamos a poner un mantel común sino uno blanco, con el agregado de unas flores, pero sin platos porque lo dedicaremos a la reflexión. El 15 de Julio de hace 20 años , la sociedad hernandense vivía una jornada llena de estupor y de dolor: se producía la muerte (que nunca se supo ni se sabrá porqué) de Tania Soledad Bruno, un ángel de 8 años, cuyo «único pecado» era la inocencia. Al respecto se manejaron todas las hipótesis, se conjeturaron mil y una posibilidades, se citaron a quienes se suponía podían aportar datos que condujeran al esclarecimiento del hecho, se convocó a «especialistas» en la materia, se acusaron a unos, se liberaron a otros; se dijo y se desdijo de todo. El periodismo del país se ocupó del tema; cada uno opinó lo que creía que podía ser, imaginó lo que imaginó, inventó y fabuló a su manera y a su medida. Todo sin resultados positivos en la búsqueda de un culpable. De aquel 1995 a este 2015 lo separan dos décadas y todo está como era entonces: nadie sabe ni dice nada: los culpables no aparecen, los responsables de establecer justicia tampoco. Del tema sólo se habla cuando llega la fecha (por un día y después……). La sociedad mantiene viva la intriga de ¿quién fue y porqué lo hizo?. A mí como ciudadano (y aseguraría que a muchos le pasa lo mismo) me queda una sola certeza: todo es una trampa; jamás se llega a nada y si por esas cosas se sindica a alguien como autor de lo ocurrido, a uno le queda la tremenda duda que sea verdad. Más tiempo transcurre más se complica la posibilidad de obtener una respuesta concreta. En fin, la mesa está vacía. La pizarra del menú sólo tiene un mensaje: «El que fue luchará con su conciencia. Los que no fuimos, seguiremos deseando lo mismo: que alguna vez la justicia  demuestre que para algo fue creada y los que trabajan para ella usen el corazón no el bolsillo».